La gestión activa promete batir al mercado eligiendo las mejores empresas. La gestión indexada se conforma con replicarlo al menor coste posible. El debate es antiguo, pero los números son tozudos: la mayoría de los fondos activos no superan a su índice de referencia a largo plazo una vez descontadas las comisiones.
El peso de las comisiones
Supongamos una aportación inicial de 10.000 euros más 200 euros al mes durante 25 años, con una rentabilidad bruta hipotética del 6 % anual:
| Comisión anual | Capital final aproximado |
|---|---|
| 0,20 % (indexado) | 160.700 € |
| 1,20 % (activo típico) | 133.900 € |
| 1,80 % (activo caro) | 120.300 € |
La diferencia entre el primero y el último supera los 40.000 euros. Y eso suponiendo que ambos obtienen la misma rentabilidad bruta.
Cuándo puede tener sentido la gestión activa
- En mercados poco eficientes o con poca cobertura de analistas.
- Si buscas un enfoque concreto (por ejemplo, criterios de sostenibilidad estrictos) que no existe en formato indexado.
- Cuando el gestor tiene un historial largo, coherente y una comisión razonable.
Qué mirar antes de elegir
- TER o gastos corrientes, no solo la comisión de gestión.
- Error de seguimiento en los indexados: cuánto se aleja del índice.
- Diversificación: un índice mundial reparte el riesgo entre miles de empresas.
- Fiscalidad: en España, los traspasos entre fondos no tributan hasta el reembolso.
No controlas lo que hará el mercado, pero sí cuánto pagas por estar en él.
Para la mayoría de ahorradores, una cartera sencilla de fondos indexados globales, con aportaciones periódicas y paciencia, es difícil de mejorar.



